EL GRAN PROBLEMA DE FONDO

La actividad humana ha hecho de los mares y océanos del planeta un vasto vertedero. Mientras las bolsas y envases de plástico invaden la superficie, las aguas fecales sin tratar de muchos colectores, contaminan el fondo. Sin embargo, hay un foco de contaminación marina que no se tiene muy en cuenta: los varios barcos hundidos en las profundidades oceánicas.

EL LADO MÁS SUCIO DEL BELICISMO

Las guerras que se han producido a lo largo del siglo XX se han cobrado un alto precio en vidas humanas y daños materiales. Pero los conflictos bélicos han causado también un gran impacto en el medio ambiente. Muy probablemente, la imagen que mejor ilustra las repercusiones ecológicas de las contiendas es la de un cormorán (ave acuática) impregnado de petróleo. La causa radica en la mancha de crudo que ensució las aguas del Golfo Pérsico en la guerra librada entre los años 1990 y 1991.

Retrocediendo en el tiempo hasta la Segunda Guerra Mundial, descubrimos que un puñado de destructores de guerra fueron hundidos (hay 6300 diseminados por las costas de Europa, Norteamérica y Japón) en las batallas navales ocurridas.

Estos navíos, sin embargo, suponen una grave amenaza para los ecosistemas marinos. El paso de más de setenta años ha propiciado que los barcos de guerra yacentes en los lechos marinos hayan dañado progresivamente por la oxidación.

Este deterioro metálico afecta especialmente a los depósitos de fuel, lo que provoca fugas de combustible que llegan a la superficie en forma de manchas viscosas.

IGNORAR ANTES QUE ACTUAR

Una de las zonas más perjudicadas por la contaminación marina es la bahía de Gdansk, en Polonia. En sus profundidades se encuentra el buque-hospital Stuttgart, hundido en octubre de 1943.

El biólogo marino Benedykt Hac probó de concienciar a las autoridades competentes (entiéndase en el sentido estrictamente burocrático) sobre el peligro latente bajo las aguas del mar Báltico. Sin embargo, dichas autoridades no parecen muy predispuestas a actuar y dan largas a la cuestión.

En Estados Unidos, la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica en el acrónimo inglés) alertó sobre un inquietante descubrimiento. Se trata del buque de carga Coast Trader, atascado bajo la costa del estado de Washington. Sin embargo, esto parece no inquietar al gobierno estadounidense.

PRESERVACIÓN A TODA COSTA

En el polo opuesto se encuentra Noruega, la única nación del mundo comprometida con la preservación de sus costas. Hay que tener en cuenta que el frente costero del país de Europa más adentrado en el Círculo Polar Ártico se entregó la mayor ofensiva marítima de la Segunda Guerra Mundial.

En 1940, en el transcurso de la batalla de Narvik, estratégica en los planes de Alemania para dominar Europa, 900 navíos de combate se fueron al traste. Entre ellos se encuentra el destructor Z2 Georg Thielle, abatido en abril de 1940.

La principal preocupación de las autoridades noruegas es evitar que el combustible derramado por la corrosión no llegue a los fiordos. Para neutralizar las fugas de fuel, un equipo de expertos lleva a cabo una vez por semana tareas vaciado de los tanques contenedores.

LEGADO ENVENENADO

Las consecuencias más devastadoras del incesante flujo de carburante proveniente de los naufragios las sufre la fauna acuática de las zonas afectadas. Muchos peces de las aguas contaminadas por hidrocarburos ingieren los componentes químicos. Esto contribuye a que muchos de ellos mueran o sean tóxicos, haciéndolos inadecuados para el consumo humano. Este problema medioambiental afecta a las aves que tienen peces como fuente de alimentación.

Los mares y océanos de la Tierra representan el 75% de su superficie y es el origen de todas las especies (la humana, incluida). Sin embargo, en sus profundidades, hay varadas 6300 bombas de relojería. El gran problema de fondo no son las consecuencias que puede conllevar que se llegue al final de la cuenta atrás, sino la nula predisposición de la gran mayoría de los líderes mundiales para detenerlo.

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