DAÑOS COLATERALES

El pasado 7 de mayo se cumplieron exactamente 100 años del hundimiento del transatlántico R.M.S Lusitania, 3 años después del naufragio del legendario Titanic.

El Lusitania fue un barco diseñado por el ingeniero Leonard Peskett i construido en el armador de la constructora naval John Brown & Company, en ClydebankEscocia. El Lusitania era un coloso de 240 metros de eslora (longitud de proa a popa) y 44.060 toneladas, que tenía un hermano gemelo, el Mauretania.

El R.M.S Lusitania zarpó del muelle 54 del puerto de Nueva York con rumbo a Liverpool con 1959 pasajeros a bordo, entre los cuales destacaban personajes de relevancia en esta época con Alfred G. Vanderbilt. La prensa americana emitió un comunicado advirtiendo del riesgo potencial que suponía navegando por aguas en un conflicto bélico, dado que todo eso ocurrió durante el trascurso de la Primera Guerra Mundial.

Fue el 7 de mayo de 1915, cuando el Lusitania navegaba delante de las costas de Irlanda, que un submarino alemán U20 disparó dos torpedos contra el transatlántico, que provocaron el hundimiento, el cual se saldó con un balance de 1198 muertos y 761 supervivientes.

Una tragedia como la del Luisiana tuvo lugar el marzo de 1916 con el naufragio del Essex, el barco que surcaba las aguas del Canal de la Mancha, a bordo del cual, viajaba el compositor Enrique Granados con su esposa Amparo, volviendo de Nueva York, donde el pianista había interpretado la obra Goyescas delante del entonces presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson.

La lectura que se podría hacer de estos dos sucesos es que en todas las guerra los que salen peor parados no son los soldados que las libran, sino los pobres civiles que no tienen nada que ver, porque como diría el genial Miguel Gila: “¿Por qué le han dado a la señora Amparo si no es de la guerra?”, y és que los platos rotos del sin-sentido y la barbarie humana, siempre las acaban pagando los más inocentes. En definitiva, daños colaterales.

*Text original català

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