VENTANA DE CRISTAL

Sonaba la brisa del puerto.
Sir Benjamín de Lacroix
arremolinaba su cabello
mientras sus ojos
se habían incrustado
en una de las mujeres del rey.
Sin conciencia alguna,
su corazón repiqueteaba con fuerza.
Él sabía que tenía una batalla que ganar:
la de Lady Lian.

Lady Lian era hermosa.
Su pelo engominado en una cola.
Su mirada dulce y encantadora
le hacía hervir la sangre.
Precisamente la tenía ahí delante.
Quería poseerla;
saborear sus labios
como si fuera una exquisitez del oeste.
Su piel blanca le hacía endulzar de una fragancia marina
que englobaba sus cinco sentidos.

La repasaba una y otra vez;
pero se retuvo para no abalanzarse encima de ella.
Él sabía que no lo amaba;
que tenía un profundo deseo en sus carnes.

Su cuerpo se tensó,
y dió media vuelta.
Lady Lian le siguió
y sin saber lo que le pasaba, lo persiguió.
Sir Benjamín notó su aroma de nuevo y se giró.

Mientras ella,
que no podía reprimirse,
le cantó unas palabras
que no había pronunciado en su vida:
―Te amo.

Sir Benjamín se quedó a cuadros
y no le prestó importancia a la dama.
Tomó de nuevo una de las calles
que dirigía a su casa.
Pero ella le barrió el paso.
No quiso que se fuera.
Finalmente su tez lo acorraló
con su perfume de rosas;
con sus delicadas manos
y lo empujó en un callejón sin salida.

No quería que la evitase.
Así que se sacó la goma del pelo
y se lo dejó suelto empañando su cara
como si fuera un trapo de ensueño.
El hombre ya no se pudo resistir a sus encantos;
y con un paso inocente la estrechó en sus brazos.
En ese mismo instante dió un giro triunfal,
respingando delante de su cara.

Fue como un beso de terciopelo
acunando sus pechos con su rostro
dando paso a una pasión desenfrenada.
Lady Lian había soñado con ese momento.

Hasta que uno de sus mechones
fue directos a su nariz.
Él olfateó su esencia
y en esa profundidad del silencio,
escuchó una frase que le salió de él.

Decía:
―Mientras mis frutos y mi alma me guíen,
tú serás siempre mi adorable rosa amarga.

Ella no se lo podía creer.
Él le aprisionaba su calor.
Sin querer, la volvía tan deseada
que lanzó un suspiro en el aire
besando cada una de sus lágrimas de placer.
Fue el final de su historia.
Esa situación tan peligrosa
le hacía absorber 1001 delicias
que no había probado aún.

Y sin más;
sin avisar, le salió de su boca
un grito nupcial.
Quería casarse con él;
someterse a su influjo
y pensar en su noche de bodas,
yaciendo con él en bocanadas de fantasía y placer.

Sir Benjamín ya no pudo remediarlo.
Esa situación le hacía escandalizar
pensando en su amada con un camisón de luna.
Y estar bajo las sábanas de su casa.
¡Dios!

Era la tentación de todo diablo.
Y se lo prometió acariciándole su figura esbelta,
rodeándole con su lengua su cuello.
Para él fue su bombón de explosión
dándole calor a sus propias nalgas
mientras le decía:
―Preciosa, mi virgen soñada de cuento.
Te deseo como gotas que empañan mi ventana de cristal.

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