TEZ DE MIEL

TEZ DE MIEL

Era joven y bella.
Sabía que muchos hombres
me miraban inquietos
con mirada vulgar.
Hubo uno que se posó en mis ojos.
Era guapo y desgarbado.
Sentía deseos de conquistarlo.
Pero fue en vano.

Me enteré que tenía novia.
Me quería morir.
Quería deshacerme
de esa mirada alentadora
que hacía hervir mi sangre.

Parecía como si fuera a deshojarme
con sus dulces ojos marrones
que parecían escarchas indomables
de fuego salvaje.

Realmente no sabía qué hacer.
Intenté evadirme de él;
pero fue inútil.
Cada día lo tenía a mi lado
como un seductor demonio al acecho.

¡Quería morirme!
Cada vez que le veía

mis entrañas se retorcían
como un grillo a plena noche.
Notaba como mi corazón se desbocaba.
Mis labios se humedecían
como si una suave miel me invadiese.

Su rostro contra el mío.
Fue como las brasas de una hoguera.
Yo me sentía atrapada.
Presenciaba sus besos
en sus ojos brillantes.
¿Que podía hacer?
¡No podía hacer nada!
Él era un hombre
y yo una mujer.

Sí que sentí un deseo impropio
y no tenía fuerzas para seguir.
Mi cuerpo estaba hipnotizado ante el suyo.
Quería evitar su contacto
y el cómo sus manos
se iban a las mías
en un abrir y cerrar de ojos.

Intentaba huir de él.
Su presencia me incomodaba.
Sus ojos, su cabello,
su porte desgarbado
me hacía enloquecer
y emborrachándome de sus fragancias
en su imagen de maromo.

Y seguía absorbiéndome.
Una y otra vez.
observándome en esa ventana.

Yacía desnuda ante su mirada
Y me imaginaba que subiría

las escaleras de la terraza
abriendo ese portal de estrellas grabadas.

Lo derribó.
Entró como un huracán
y me poseyó.
Yo ya no podía hacer nada.
Estaba indefensa
ante esa figura masculina.

Me arrolló contra la pared
y poco a poco con sus manos
fue acariciándome lentamente mis curvas,
mi cuerpo de mujer.
Sentía como sus pectorales
me apretaban en mis pechos.
Mi aliento se cortó
dando paso a un placer insaciable.

No quería que apareciese
ese deseo que me penetraba
las carnes y me rasgaba la piel
como un adorable e inocente pajarillo.

Sus partes se habían puesto
encima de mis caderas
hasta dejarse caer sobre las mías.
Era todo su ser
que me hacía enloquecer.
Su tacto,
su ternura y
su boca posándose en la mía.

Era algo horrible
que al mismo tiempo
me hacía explotar.
Mi cabello largo y dorado colgaba
hasta mi trasero.
El hombre empezó a enrollarse
con uno de sus dedos mi pelo.
Eso me hizo enroscarme.
Y busqué a tientas
una toalla para poderme envolver.

Pero fueron inútiles mis esfuerzos.
Él me la arrebató
y la tiró a un calentador.
Aún estaba deseosa
de volver a taparme

con un albornoz o una manta.
Intenté meterme en la cama

para poder esconder mi cuerpo.
Pero mi voluntad fue en vano.

Él quitó la colcha que me tapaba
y con rapidez se puso encima de mí
como un animal feroz.
Yo ya no sabía qué hacer.
Estaba asustada.
Ese loco quería notar
mi jubila excitación.

Lloraba;
sollozaba,
e incluso llegué a abrazarme a mí misma.
Pero él como si nada.

Se arrojó encima de mí.

Parecía un chacal y como un poseso,
se deshizo de mis brazos
dejando entrever su marca de labor.

Y como si fuera una lanza;
empuñó su vientre contra el mío.
Y con simple rapidez me dominó con su lengua

Dibujándome círculos en el cuello.
¡Dios!
Ese hombre era el mismísimo diablo.
Ahora tan solo quería engancharme a él,
como un chicle.

¡Santo Dios!
Me había enamorado
y me había convertido en una de esas cortesanas
que todos odiaban al pasear por las calles.
Pero me daba igual.
Ahora tenía a alguien que me acosaba
con una atracción infernal.
Era algo fuera de lugar.

Simplemente me hacía sentir.
Me hacía soñar.
Me hacía suspirar.
Cada vez me aferraba a él
para que aumentase mi amor,
mi pasión por él.

Lo amaba.
Quería notarlo todo,

quería que me comiese
como una fruta prohibida.
Que me deshojase como a un nenúfar,
con su propio aroma
y su propia esencia.

Estaba debajo de él.
Había dejado a su novia para unirse a mí.
Y quería que me desmontase junto a él
en un batir de alas.
Que se desbocase como un caballo
corriendo al viento.
¿Qué más podía hacer?
¡Sí! Casarme con él.
Ser su propio ciervo en su lecho
siendo un caramelo de azúcar
bajo su propia tez.
Sus garras eran impresionantes.
Me hacían languidecer.
¡Y así fue!
Me casé con él.
Era la novia más hermosa de todas.
Su cortesana sensible
bajo sus cenizas de miel.

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