UN VALS DE LAVANDAS

Las lavandas son lilas,

el cielo es azul.

Las flores dormían

enfrente de mi cuerpo sombrío.

El “agapantus” me llamaba

con sus pétalos de nieve malva.

Las hojas volaban tristes sobre mí,

el césped me canturreaba

con ese viento que siempre jugaba.

El tomillo aún descansa,

la retama aviva como el fuego.

La salvia se embarca

en ese rojo intenso que tambalea.

El brezo me almidonaba

en su época dorada,

el otoño,

y aún bajaba

ante su dicha vereda.

Las lavandas son lilas.

El ocaso se acerca.

El agua es transparente

como mi vida eterna.

Las lavandas son lilas.

El orégano descansa

a ras de tierra.

Las violetas canturrean

y el círculo se cierra.

El romero acaricia las hojas,

las margaritas besan parcelas,

mientras que yo,

caléndula mía, te canto

mi voz de cuna predilecta.

Las lavandas son lilas,

las amapolas brillan.

La dama de noche

desprende su esencia

mientras mi jazmín

abraza la luna

como un vals de amor

y de ensueño,

¡y que calor da esa misma noche!

que yo me declaré en esa luz

bella,

de infamia encantadora,

de perlas.

Que fruto tan prohibido esa noche,

que me seduce con estrellas

de plata,

de mar y primaveras.

Dí mi silencio.

Dí mis besos en esa tenue oscuridad

de reflejo espejo,

que reluce en esa agua como recuerdo.

¿Y a quien me encontré?

¡A ti!

Como mi fiel compañero sincero.

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