Misterios de la noche

Tras un largo día de trabajo daba un paseo por los alrededores de un frondoso bosque perdido en la nada. Conforme que iba haciendo camino no tardó en caer la noche dejando un fondo oscuro con apenas algunas estrellas que se dibujaban en el firmamento.

Cada vez que andaba me perdía aún más en la oscuridad. Extraños ruidos y pasos me rondaban y notaba alguna presencia, pero no veía ninguna presencia. De pronto dejó de seguirme, fuera quien fuera.

Durante ese momento de agonía un frio sudor se deslizaba por mi frente. Me di cuenta que aquello que parecían pasos eran el latido de mi corazón.

Sonidos de animales nocturnos resonaban en el camino hasta que llegue a un puente que atravesaba un tenebroso pantano. Allí me quede contemplando tal bello paisaje con el frescor de aquella brisa que me acariciaba la piel.

De pronto, una silueta de mujer se puso frente a mí, con una profunda y penetrante mirada en la que me perdía. Tenía unos bellos ojos de color caramelo que hechizaban.

Hermosos cabellos y a su vez tan sedosos como pañuelos, esos dulces labios que esperan ansiosos ser besados.

Fue tan solo sentir su mano con la mía que mi corazón volvía a palpitar al mismo ritmo que cuando me sentía perseguido a lo largo de mi travesía. Sí, era ella la presencia que a través del frondoso bosque iba tras de mí.

En ese preciso momento mi alma necesitaba abrazar su cuerpo y unirse con el suyo en uno solo.

Como esa flor tan fresca y bella abre sus pétalos al sol, mis más puros sentimientos se sentían libres volando sobre ese viento que me arrastraba ansioso hacia el amor eterno. Como una corriente de felicidad alzaba entre mis brazos a mí amada.

Después de aquella noche de misterios ocultos se abrió un arco iris que nos llenaba de color la vida hasta el fin de nuestros días.

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